lunes, 3 de marzo de 2008
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Comentario revista Ñ de Clarín: "En este libro todo es un hallazgo: los título, la temática, la variedad de formatos: poemas, cuentos, retratos cuya diversidad refleja la riqueza de la vida misma. Quizás, hubiéramos querido animarnos a escribirlo. Para leer en privado y también para compartir. Muy bueno" Dolores Urruti-Periodista-
mate de a dos

al fin y al cabo
la vida es eso
un matecito compartido
las miradas que sostienen
y salvan del naufragio cotidiano
un bizcocho
un roce tibio
al fin y al cabo
la vida es eso
que me subas el cierre del vestido
que hunda mis dedos en tu cabello
cuando te pesa el alma
al fin y al cabo
la vida es eso
mi mano en tu cintura
la tuya en mi hombro
y los gemidos dulces
del amor temprano
antes de ir a trabajar
animarse
el destierro
el destierro
es una nariz
que no reconoce los olores
no hay sopa caliente
ni mantel tendido
no hay compartires de vino
ni risas en la cena
al destierro
le falta tu mirada
el destierro
no es más que estas palmeras
que mi alma no conoce
yo sólo conozco
alamedas que susurran
al destierro
le falta el olor
de la tierra mojada
el mar y la escarcha
el destierro
no tiene a mi madre
recitando poemas
tiene calles plomizas
que yo no conozco
y me arden
al destierro
le faltan los amigos
el panadero de la esquina
las tortas
que cocinaba mi abuela
el destierro
es despertarse
en una cama nueva
no acordarse bien
dónde queda la puerta
el destierro
es un barrilete
que no sabe de vueltas
es un miedo hecho herida
el destierro es un camino
que uno no elije
es sólo un camino
al que te empuja la vida
es una nariz
que no reconoce los olores
no hay sopa caliente
ni mantel tendido
no hay compartires de vino
ni risas en la cena
al destierro
le falta tu mirada
el destierro
no es más que estas palmeras
que mi alma no conoce
yo sólo conozco
alamedas que susurran
al destierro
le falta el olor
de la tierra mojada
el mar y la escarcha
el destierro
no tiene a mi madre
recitando poemas
tiene calles plomizas
que yo no conozco
y me arden
al destierro
le faltan los amigos
el panadero de la esquina
las tortas
que cocinaba mi abuela
el destierro
es despertarse
en una cama nueva
no acordarse bien
dónde queda la puerta
el destierro
es un barrilete
que no sabe de vueltas
es un miedo hecho herida
el destierro es un camino
que uno no elije
es sólo un camino
al que te empuja la vida
loca sinfonía

Cada vez que escucha esa sinfonía un escalofrío recorre su espina dorsal. No sabe bien quién es el autor, pero reconoce cada una de sus notas y un sudor frío le baña la frente, le moja la ropa. A veces llega a temblar, pero se queda allí, sin atinar a nada, igual que cuando era chica. Su hermana ponía la casa en penumbras y los sonidos comenzaban a brotar por el parlante del combinado. Ese que estaba en el mueble grande de madera color marrón claro. Cuando sonaban los primeros acordes, ella se acurrucaba en un rincón, pegándose a la pared. Su hermana, como poseída por la música, comenzaba un baile frenético, aleteando con los brazos extendidos y dibujando ángulos desarticulados con sus piernas. Lo único que atinaba a hacer ella era mirar los puntos en relieve de hilo de seda bordados sobre el encaje de la enagua negra, única prenda que usaba su hermana en esos trances, donde la cordura se escapaba por los resquicios de la puerta.
Estaba paralizada. Su mente infantil no podía entender, pero un terror incomprensible le taladraba cada poro e iba contaminándole la sangre hasta estallarle en las sienes y bajar en torrentes hacia los ojos. Se ponía tiesa y trataba de controlar los sentimientos en marejada y las lágrimas mudas antes de que asomaran. Intuía que, de algún modo, era peligroso descifrar lo evidente y que alguien se diera cuenta de que era capaz de hacerlo.
Por añadidura, ponía freno a esos pensamientos que chocaban entre sí con un estrépito que ella sola podía oír. Los gritos que no podía proferir se clavaban como puñales en su garganta y horadaban con saña sus pulmones, mientras seguía allí, rígida, tratando de pegarse más a la pared. Y como única manifestación de ese tumulto interior, su respiración se le entrecortaba, profiriendo silbidos intercalados con algunos sonidos roncos. Seguía con la mirada fija en los puntos en relieve de hilo de seda bordados sobre el encaje de la enagua negra, que giraban y giraban desacompasadamente al son de esta interminable y densa sinfonía.
Estaba paralizada. Su mente infantil no podía entender, pero un terror incomprensible le taladraba cada poro e iba contaminándole la sangre hasta estallarle en las sienes y bajar en torrentes hacia los ojos. Se ponía tiesa y trataba de controlar los sentimientos en marejada y las lágrimas mudas antes de que asomaran. Intuía que, de algún modo, era peligroso descifrar lo evidente y que alguien se diera cuenta de que era capaz de hacerlo.
Por añadidura, ponía freno a esos pensamientos que chocaban entre sí con un estrépito que ella sola podía oír. Los gritos que no podía proferir se clavaban como puñales en su garganta y horadaban con saña sus pulmones, mientras seguía allí, rígida, tratando de pegarse más a la pared. Y como única manifestación de ese tumulto interior, su respiración se le entrecortaba, profiriendo silbidos intercalados con algunos sonidos roncos. Seguía con la mirada fija en los puntos en relieve de hilo de seda bordados sobre el encaje de la enagua negra, que giraban y giraban desacompasadamente al son de esta interminable y densa sinfonía.
Extrañando
extraño las risas de sólo reírse
esas adentro de los colectivos
todos charlando apiñados
que uno reía del día de una mueca
de una tarde de una vieja.
reía de risas sin son sin sentido
extraño los chistes sin fin
ni principio
y las carcajadas
temblando en el parque
extraño las noches azules de enero
cantando bajito
todos por la playa
almendra vox dei los gatos
te huelo los dedos
con humo de particulares
los del paquete verde
y los del paquete rojo
extraño la voz en las manifestaciones
el compromiso
la militancia
extraño las noches
ardientes de pieles
la cuba del che
preñada de revoluciones
extraño las peñas
y la negra sosa
los recitales
los beatles los rollings y creedence
extraño el jugo de tomate frío
que sonaba en el winco de la siesta
extraño el pelo largo
que peinaba a mi hermano
hacerme la toca
antes de ir a dormir
extraño las noches borrachas
sin sueño
escribiendo
con tantas guitarras pariendo la sangre
y vivir a fondo
con la piel encendida
sabiendo que eran tus ojos
los que me buscaban
noche y día
en cada esquina
esas adentro de los colectivos
todos charlando apiñados
que uno reía del día de una mueca
de una tarde de una vieja.
reía de risas sin son sin sentido
extraño los chistes sin fin
ni principio
y las carcajadas
temblando en el parque
extraño las noches azules de enero
cantando bajito
todos por la playa
almendra vox dei los gatos
te huelo los dedos
con humo de particulares
los del paquete verde
y los del paquete rojo
extraño la voz en las manifestaciones
el compromiso
la militancia
extraño las noches
ardientes de pieles
la cuba del che
preñada de revoluciones
extraño las peñas
y la negra sosa
los recitales
los beatles los rollings y creedence
extraño el jugo de tomate frío
que sonaba en el winco de la siesta
extraño el pelo largo
que peinaba a mi hermano
hacerme la toca
antes de ir a dormir
extraño las noches borrachas
sin sueño
escribiendo
con tantas guitarras pariendo la sangre
y vivir a fondo
con la piel encendida
sabiendo que eran tus ojos
los que me buscaban
noche y día
en cada esquina
la trapecista

Tiene la mirada fija en el cable acerado que une dos postes de la plaza del pueblo. Contiene el aliento. Se oyen redobles de tambores y tintineos de platillos. Los ejecutantes de la banda municipal con sus trajes blancos también contienen el aliento, mientras las cuerdas rojas colgando de sus trajes se bambolean al ritmo.
Siempre quise ser trapecista y equilibrista como ella, piensa, mientras tensa su cuerpo regordete. Sin querer, por el borde de sus ojos verde agua, esos ojos que al decir de su madre cambian de color según el tiempo, se le escapa una bruma transparente que va a adherirse al cuerpo de la equilibrista. La abraza de la cintura y se pega a cada una de las lentejuelas que forman el arco iris de su traje. Tiene un poco de vértigo mientras se adosa al palo que la otra sostiene. Se siente pájaro. Al llegar al poste de destino, también se inclina para recibir el aplauso. Se siente borracha de tanta felicidad. Entonces se despega y vuelve a su lugar.
Siempre quise ser trapecista y equilibrista como ella, piensa, mientras tensa su cuerpo regordete. Sin querer, por el borde de sus ojos verde agua, esos ojos que al decir de su madre cambian de color según el tiempo, se le escapa una bruma transparente que va a adherirse al cuerpo de la equilibrista. La abraza de la cintura y se pega a cada una de las lentejuelas que forman el arco iris de su traje. Tiene un poco de vértigo mientras se adosa al palo que la otra sostiene. Se siente pájaro. Al llegar al poste de destino, también se inclina para recibir el aplauso. Se siente borracha de tanta felicidad. Entonces se despega y vuelve a su lugar.
la rebelión de los enanos

Vista desde la bahía. Empalizada alta. Esqueletos con carne todavía pegada, mechones de pelo unidos al cuero cabelludo, calaveras. Las ropas embolsando el viento.
A la entrada de cada casa, una familia atada. Hombres, mujeres y niños. Los enanos con sus palos todavía golpean postes donde están los esqueletos. Rueda un cráneao.
Los enanos no han calmado su furia, aún de haber matado a todos los haitantes del pueblo.
No están alegres ni se sienten victoriosos.
Los largos años de esclavitud dejaron sus marcas.
Se pasean violentos por los jardines. Van de acá para allá. Se pegan con cabezas y gorros contra la pared. Ahora matan gallinas, descuartizan palomas, pisan conejos y no se calman. Andan con el azadón el alto y de pronto golpean violentamente el piso. Corren. Se tropiezan. Se lastiman. El recuerdo los atormenta.
Una gaviota come la carne del ojo de una calavera. Chilla. el viento lo seca todo. Lo pulveriza. La plaza es un desierto. No queda nadie. Sólo enanos de jardín golpeando sus azadones contra el suelo.
A la entrada de cada casa, una familia atada. Hombres, mujeres y niños. Los enanos con sus palos todavía golpean postes donde están los esqueletos. Rueda un cráneao.
Los enanos no han calmado su furia, aún de haber matado a todos los haitantes del pueblo.
No están alegres ni se sienten victoriosos.
Los largos años de esclavitud dejaron sus marcas.
Se pasean violentos por los jardines. Van de acá para allá. Se pegan con cabezas y gorros contra la pared. Ahora matan gallinas, descuartizan palomas, pisan conejos y no se calman. Andan con el azadón el alto y de pronto golpean violentamente el piso. Corren. Se tropiezan. Se lastiman. El recuerdo los atormenta.
Una gaviota come la carne del ojo de una calavera. Chilla. el viento lo seca todo. Lo pulveriza. La plaza es un desierto. No queda nadie. Sólo enanos de jardín golpeando sus azadones contra el suelo.
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